miércoles, 7 de septiembre de 2011

21 héroes del recuerdo

¿Qué más se puede agregar al debate suscitado por una de las peores tragedias nacionales del último tiempo (junto al terremoto y maremoto del 27 de febrero del 2010)?. Desde luego no mucho, probablemente esté todo dicho, esté todo escrito y el shock o las lágrimas vertidas por 16 millones de habitantes que pueblan Chile de Arica a Punta Arenas es una fiel manifestación de que el accidente del pasado viernes no fue un hecho aislado, sino un tremendo remezón que nos hace cuestionarnos varias cosas: comenzando por la fragilidad de la vida, "la insoportable levedad del ser" y continuando por dos condiciones que hasta el suceso del accidente desantendimos un poco, aunque sin duda están adscritas en nuestro ADN: la solidaridad y el sentido de pertenencia.

Por varias circunstancias especiales, la trágica muerte de los 21, nos ha tocado tanto como el deceso de un familiar o de amigos, hermanos que nos proveyó la patria y que formaban parte de nuestra contemporánea historia (una historia marcada por un grave terremoto que simboliza en esta última tragedia, una más de las réplicas). Independiente de quienes hayan sido, de cuánto dinero hayan tenido en el banco, del estatus social que definiera sus estilos de vida o el nivel de educación, etcétera... el accidente del pasado viernes fue un golpe que caló hondo en el corazón mismo de nuestra chilenidad. ¿Y cómo no?, si cada uno de los 21 tripulantes del malogrado avión Hércules nos recuerda los mejores atributos que carga la psicología de la nación: solidaridad, entrega y espíritu de servicio público, atributos que unieron a este grupo en tan fatídico final, un absurdo que asimilamos naturalmente como una injusticia de la vida, pero que al final del día debieramos transformar en un simbolismo y en un camino de enseñanza.

Inevitablemente, respecto a los caídos hay nombres que generan y generarán siempre más impacto que otros, no por la valía de sus obras sociales, sino por el reconocimiento de la gente: en adelante el nombre de Felipe Camiroaga será mitificado, sin embargo resta destacar que tanto él como los otros cuatro miembros del equipo de Buenos Días a Todos de TVN murieron dignificando a la televisión chilena, haciéndose presentes en la isla para registrar los avances de la reconstrucción tras el terremoto/maremoto del 2010, una función propia de la televisión pública que más que por el raiting, apuesta y debe apostar por una parrilla constructiva, un espejo en el cual se pueda mirar con orgullo la ciudadanía, lo que es mucho decir en la era de la televisión basura y de la farándula que alimenta los bolsillos de asquerosas bataclanas y variada carroña, que aprendieron a extender más de la cuenta sus "cinco minutos de fama" en televisión para asegurarse la renta en discotecas y eventos ad hoc a sus vacías y desechables vidas.

Recordaremos especialmente a Camiroaga por su incondicional amor a la naturaleza y los animales, algo que frente a los ojos de la opinión pública generó la idea de que este era más bien un tipo solitario y misterioso. Yo en cambio lo definiría como el clásico naturalista, aquellas almas entrópicas satisfechas por una vida interior próspera, que a la vez es resultante de la compenetración con el medio, único camino posible hacia la comprensión de uno mismo y de la vida. Semejante ejemplo el de Felipe Cubillos, un filántropo a quien muchos continuarán objetando lo fácil qué es serlo cuando se tienen medios económicos de sobra, sin embargo descontando también al Presidente de la República, son contados con los dedos de una mano la cantidad de empresarios multimillonarios que manifiestan tal nivel de desprendimiento o sentido de solidaridad y lo que es más, que tal como Felipe Cubillos logren suplir algunas manifiestas carencias benefactoras del Estado.

Y así mismo sucede con cada uno de los 21 servidores que se embarcaron en este viaje sin retorno con una misma finalidad: aportar al país y ayudar a los compatriotas más australes y desprotegidos, desde las propias posibilidades y funciones. Lamentablemente no pudieron emprender el viaje de vuelta, pero la tragedia -recalco- debiera volcarse en un simbolismo igual de potente. Ellos nos señalaron el camino, y aunque parezca un sin sentido: su desgracia que nos acongoja el corazón, nos ha enseñado también que más vale la pena morir prematuramente siendo solidario, que culminar la vida en adusta longevidad. Cuando pequeño absorbí el mito de que la gente buena parte antes al encuentro con su creador, dadas sus características de bondad, hoy tiendo a aterrizarlo y pensar que cada uno de ellos estaba listo para partir de este mundo colmado por las sombras del individualismo, pues asimilaron de forma prematura el verdadero sentido de la vida (estamos de paso) y tal mártires imprimieron esa lección en la consciencia nacional, de un país donde la fragmentación se ha tornado insostenible.