jueves, 4 de agosto de 2011

Una consideración sobre las marchas

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En este preciso instante se presencia a lo largo del país un clima de efervescencia social tan radicalizado que recuerda en demasía las movilizaciones contra la Unidad Popular (hasta con "marcha de cacerolas" incluida) de principios de los años '70. Desde luego, el "derecho a pataleta" es connatural a un sistema democrático y es muy válido que la gente exprese con total libertad sus puntos de vista e instale de esta manera también sus demandas en la agenda de un Gobierno, que culpable de soberbia e intransigencia, ha dilatado tanto las respuestas que de él se esperaron durante meses, que terminó cavando un profundo hoyo del que ya no puede salir tan fácilmente y al que más tierra aún le está echando encima la oposición política Q.E.P.D.

Nada de lo anterior quita -que por otro lado- las actuales movilizaciones engloben un elemento anti-cívico y anti-democrático, pues la obstrucción al diálogo es también una forma de entorpecer el proceso democrático. Si bien un poco tarde, el actual Gobierno ha decidido responder con propuestas y medidas realistas, a la altura de las circunstancias y de lo que cualquier Gobierno "no populista" podría ofrecer, aunque estas fueron rechazadas "per se" por una Federación de Estudiantes que hace tiempo politizó (y el Gobierno le dio tiempo de hacerlo) el tema.

Como sostuve anteriormente, el antagonismo social al Gobierno se ha radicalizado y en esto hay que ser bastante cautos de señalar una suma progresiva de elementos en lugar de achacar toda la responsabilidad a la actual administración por sus contemporáneas miserias. El Gobierno de Sebastián Piñera simplemente se convirtió en el aval o "chivo expiatorio" frente al cual explotó un descontento acumulado por años contra la clase política en su conjunto. Y desde luego aquellas hasta ahora inconclusas promesas por "el cambio" le pasaron factura a esta gestión y con toda razón: La ciudanía moderna y organizada ya no está dispuesta a pasar por alto la "publicidad engañosa", mucho menos en política, es más: está "despolitizada" (no así la FECH), pero conoce de sobra su poder para desestabilizar e incluso derrocar gobiernos que no vayan a la par con sus demandas, lo que ha quedado de manifiesto en el último tiempo en distintos puntos del planeta y particularmente tras el ejemplo de la Primavera Árabe y la presión que sacó del gobierno a Mubarak en Egipto, sin mediación de un golpe de Estado.

Volviendo a las reflexiones (en video) de la filósofa objetivista Ayn Rand, pienso que se debe conservar un cierto recato respecto de las marchas. Si bien es cierto que manifestarse en las calles es expresión de un derecho ciudadano pleno y de la vitalidad del poder constituyente (el pueblo), no deja de ser menos cierto tampoco que en Chile de cívicas estas marchas sólo tienen el comienzo, y que al final del día se convierten en una verdadera batalla campal entre las fuerzas de orden y el lumpen que ensucia la civilidad de dichas manifestaciones... así, un paradero, un quiosco, una tienda, una farmacia, un semáforo, un árbol, etcétera, son propiedad privada o pública por la que -a diferencia de lo que algunos demuestran pensar- no terminará respondiendo MOYA ni se estará afectando tampoco al patrimonio del Gobierno, los daños son cuantificados por las municipalidades y cargados sutilmente al bolsillo de todos, razón suficiente para exigir que respondan por ellos únicamente los responsables.

Estoy muy de acuerdo en que las marchas son saludables a la vida cívica y democrática, pero sólo cuando se convocan esporádicamente y pretenden cautivar -en una coyuntura- la atención de la opinión pública, sin embargo tienden a generar el efecto contrario e incluso llegan a aburrir cuando son "pan de cada día", no olvidemos además que la función de las calles no es otra que el libre tránsito de personas y vehículos.

Si en nuestro país se ha vuelto lícito y cotidiano (y hasta es bien visto "culturalmente") marchar por todo lo que se nos venga en mente, también sería lícito que algunos "saturados" nos pronunciemos contra las propias marchas, contra la destrucción de la propiedad pública y privada (que no estamos dispuestos a amortizar quienes no somos responsables) y contra la obturación al diálogo que están hoy encarnando los representantes de la educación pública y universitaria, incomodando el normal tránsito por el centro de las ciudades, prorrogando el proceso educativo de quienes no tienen interés alguno en adherirse a las marchas y paralizando más de lo sostenible al país.