martes, 30 de diciembre de 2008

Terroristas y mercenarios. La determinación hace la diferencia

Que la guerra es un negocio, ya es una apreciación muy pasada de moda, pero que no deja de ser verdad. La guerra es un simple instrumento, instrumento mediante el cual los intereses económicos y de poder de grupos privilegiados, son defendidos a costa de la sangre y sufrimientos de inocentes víctimas, mientras quienes se ensucian las manos y arriesgan sus vidas, son cándidos e ignorantes, unos pobres idealistas a quienes se hace fácil lavarles el cerebro con la religión o con el Estado (ambos ideales valen una somera mierda) y por otro lado puede que se trate de verdaderos desalmados, carroñeros dispuestos a correr todo tipo de suerte con tal de recibir una mísera paga, y en este caso ya no hablaríamos de soldados comunes ni corrientes, esas pobres almas quijotescas, sino de mercenarios, una especie de sicarios sin patria.
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TERRORISTAS
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Un guerrillero palestino

Terroristas vascos
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El terrorismo, provenga de donde provenga, es en mi opinión la más indigna imágen de la guerra o del conflicto. Terrorista es aquel que lucha por la liberación de su pueblo, patria o nación o de su gente, reconociendo a sus comunes entre quienes comparten una misma historia, un mismo territorio, una lengua en común, raza (concepto complejo, porque no existen las razas puras) o religión. Reconoce en cambio entre sus enemigos a quienes no comparten rasgos culturales afines, sea la religión o inclúso una visión de sociedad. Ese enemigo necesariamente debe estar disputando algun recurso que el terrorista considera propiedad de su colectivo, pudiendo ser tierras, recursos minerales, etcétera.
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El conflicto palestino-israelí, la disidensia euskerra, las diversas guerras que enfrentaron a los Estados de la ex-Yugoslavia en los noventa o incluso el enclaustramiento mapuche, son el más claro ejemplo de un caldo de cultivo para el terrorismo.
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El terrorista surge en un clima de odio y sufrimiento, por lo general ha visto a familiares o amigos perder la vida bajo ataque, interiorizando como efecto calmante el cúmulo de ideales (terrenales y épicos) de su Estado fallido o en ciernes (en el caso palestino). Están dispuestos a vivir una vida más breve y a autoinmolarse a título de lo que dicen defender, pero sin antes provocar el mayor daño al enemigo. Reconocen un honor morir como mártires, por lo tanto actúan como juguetes, instrumentos y armas vivientes al servicio de otros hombres, menos de ellos mismos.
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A algunas personas les gusta hacer diferencias entre el terrorismo común y el terrorismo de Estado. A mi en cambio todo terrorismo me parece que es terrorismo de Estado, desde el momento mismo en que estos pobres e ingenuos mártires, llamados terroristas, no actúan por moral propia, son absolutamente manipulados por el establishment y el establishment por lo general aplaude y honrra tales actos de estupidéz humana.
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MERCENARIOS
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Representación de los jenizaros, mercenarios turcos que dieron auge al Imperio Otomano.

Mercenarios modernos. Un batallón filipino de soldados a sueldo en Irak.
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El mercenario es el opuesto del terrorista. No los mueve a estos más moral, ni motivación que el beneficio propio. Sirven a un Estado sólo en la medida que reciban una buena paga, siendo sus lealtades siempre el elemento más débil y que puede jugar en contra de quienes clamaron sus servicios.
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¿Cuando surge un mercenario?; Al mercenario lo hace la oportunidad y como su negocio es la guerra, existe para suplir el espacio de aquellos ciudadanos que no pretenden defender a su Estado, porque han perdido su fe en él o porque simplemente no les interesa morir en nombre de tontos ideales falsos e impuestos. Asi los civilizados romanos en el ocaso del Imperio Romano de Occidente, tenían otras mil ocupaciones artísticas e intelectuales, pero en ningún caso la guerra, siendo suplido este vacío de las tropas latinas (antaño el orgullo de aquel imperio) por barbaros de orígen celta, eslavo, libio, germano, árabe o asiático y como eran mercenarios, sus lealtades fueron débiles, encontraron muchas veces mejores motines uniéndose a los pueblos enemigos y se volvieron progresivamente contra Roma.
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Asi ocurrió también con el imperio islámico a mano de los árabes, que tras depender de mercenarios centro-asiáticos (ancestros de los actuales turcos), terminó siendo absorvido por los mismos, una raza de bárbaros decendiente de los hunos, los medos, los escitas y los pueblos indomables de las estepas. De esta forma surgió el Imperio Otomano, el más semptiterno en la historia de la humanidad.
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Pero de migrantes mercenarios se configuró también nuestra propia historia. Los primeros españoles en llegar a América, no fueron todos evangelizadores, ni mucho menos nobles trotamundos, sino cazarecompensas, buscadores de oro y exclavistas de primera, que se creyeron con el derecho legítimo de urtar, ultrajar y denigrar tanto las básicas como también las más avanzadas culturas y civilizaciones que aquí ya existían.
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LAS DIFERENCIAS NO SON SUTILES
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De esta manera, el mercenario vendría a ser la versión más pobre y denigrada del "capitalista de guerra" y el terrorista en cambio es un verdadero patriota que nos demuestra que el altruismo sincero en algunos casos sí existe, pero es infértil y carece de todo sentido. Un hombre que vive para fines que no son los propios, no vive realmente. Pero el terrorista nace y muere en un clima de hostilidad y es díficil (sino imposíble) querer comprender el funcionamiento de su mente e ideas desde fuera de aquel contexto.
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Asi y todo, mercenarios o terroristas, ambos son detestables. Porque la guerra es desde todos los puntos de vista aborrecible. Por tanto quienes tienen por función en la vida matar (aunque sólo quepa como una posibilidad) a otros seres humanos, debieran vivir como vivieron los verdugos en la Edad Media, ignorados por toda la humanidad y ocultos entre las sombras, para surgir sólo cuando la sociedad les diera el permiso (ilegítimo) de actuar. En mi opinión ser militar y vivir para la guerra, es una actividad que denigra a la especie humana. Tristemente son los primeros en ser sacrificados como carne de cañón de los ejércitos y de las naciones, y cuando así ocurre, terminan con poco más que un pobre reconocimiento sobre lápidas de mármol.
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